¿Cómo era el barrio Guamachal de antaño? (Parte primera) #Con el permiso de ustedes

Comments 43

Mi padre don Simón Correa, mi madre doña María Josefa Rodríguez y un cuadro de muchachos que éramos sus hijos, nos establecimos en el barrio Guamachal, en Valle de la Pascua, algún tiempo después de haber llegado las primeras familias y de allí que existieran casas formadas ya en las primeras de cambio y llegamos con la ilusión de tener un hogar propio y criar y desarrollar una familia. Eso dijo mi papá. Veníamos de otro lugar cercano a lo que hoy es la calle Atarraya que por aquel tiempo lucía muy poco probable su construcción. Pero, tendríamos que afrontar muchos imponderables, claro está. Y ejemplos sobran. Aquello bien podía describirse con la muy conocida expresión popular de que “todo era monte y culebra”. Las casas, unas muy distantes de otras, se comunicaban por unos caminitos de tierra rodeados de plantas silvestres pequeñas y medianas. Y en aquellos tiempos las lluvias eran copiosas y los tremendos aguaceros cuando caían casi tumbaban las casitas de zinc con paredes de barro que eran la mayoría. Era cotidiano escuchar después de las fuertes precipitaciones: “Caramba, por poco el “palo de agua” no me tumba el ranchito”. Y no se podía ni pensar en servicios públicos como se les conoce ahora. Y es que el “servicio” de agua era surtido, en el principio, por unas lagunas naturales y caños que se hacían en la sabana donde cada quien iba y llenaba sus toscos envases. Y para alumbrarse se compraban velas de cera, aunque algunas familias podían tener lámparas de gasoil pero eran los menos y algunas viviendas se alumbraban con monte seco y residuos de cartón que eran quemados en los rústicos e improvisados patios. Los alimentos, en buena medida, eran provistos por el tradicional conuco y nosotros los Correa, por ejemplo, éramos buenos conuqueros.

 

Mi papá era especialista usando el machete, el garabato y ni hablar cuando se trataba del hacha o la chícura o la escardilla. Y ya puede suponerse que los alimentos se cocían a fuerza de leña en un fogón de tierra con ollas de barro o peltre y algunas veces esas ollas estuvieron sin uso alguno. Y en el modesto dormitorio no faltaba el chinchorro de moriche que se cubría con mosquiteros o “pabellón” para contrarrestar las andanadas de los zancudos que eran cotidianos en las oscuras noches de Guamachal. En esos tiempos abríamos y limpiábamos peladeros para practicar béisbol con pelotas de goma o de trapo y el entretenimiento también estaba constituido por el juego de “Las cuarenta matas” o “Policías y ladrones”. En Semana Santa era costumbre jugar el trompito con caramelos, los trompos y las zarandas. Era común decirle a las muchachas: “Oiga, vecina, muy pronto voy a quebrarle la zaranda” y ellas se sonrojaban, bajaban la cabeza y seguían por el caminito rumbo a casa a llevar el recado o cualquier otro mandado de los “mayores”. Se refería al juego de zarandas que eran rotas por los trompos caseros “los días santos”. Después vendría “el progreso del barrio” y serían sustituidos los caminos rústicos  o picas por las calles de tierra. Y unos postes de madera por las polvorientas y distantes calles con un bombillito de lucecita amarilla y débil. Tiempos después se haría el trazado de lo que serían las calles propiamente hablando. Y se escuchaba comentar a algún ilusionado, que señalando hacia cualquier lugar, decía: “Por aquí irá una calle que podría ser la principal, asfaltada y todo”. Continuará.

Eduardo Correa

Francesca Rojas

View all contributions by Francesca Rojas